La inteligencia artificial ya permite a un abogado resolver en minutos tareas que antes tomaban horas enteras de trabajo. Pero esa ganancia de tiempo plantea una pregunta incómoda para los estudios jurídicos: ¿ese ahorro se traduce en menores honorarios para el cliente, en mayor margen para la firma, o en una redistribución del trabajo que termina exigiendo lo mismo de siempre, solo que más rápido? La respuesta no es evidente, y tiene implicancias directas sobre cómo se cobra, cómo compiten los estudios de distinto tamaño y cómo se forma a la próxima generación de abogados.
Para explorar estas tensiones, conversamos con Vinicius Teixeira, representante de Magnar en Brasil. En la entrevista a continuación, analiza qué está pagando realmente el cliente cuando contrata a un abogado, si la tecnología puede nivelar el terreno entre estudios grandes y pequeños, cómo formar a los abogados jóvenes cuando se automatizan las tareas con las que tradicionalmente aprendían, y qué decisiones debe tomar un estudio para que el tiempo liberado por la IA se convierta en valor real, y no simplemente en más exigencia de producción.
- ¿El ahorro se traduce en menores precios o en mayor margen para el estudio?
Puede convertirse en ambas cosas, pero primero hay que lograr que la eficiencia exista. Comprar licencias de cualquier solución es la parte fácil. Lo que requiere inversión es cambiar prácticas, formar a los equipos y tener un liderazgo que impulse la adopción. El ahorro debe evaluarse considerando ese esfuerzo, además del tiempo que toma una tarea. La discusión va más allá de cobrar menos porque algo tomó menos tiempo. Se trata de que el cliente reciba un beneficio concreto y de que el estudio pueda sostener la inversión necesaria para trabajar mejor.
- ¿Qué está pagando el cliente: tiempo, criterio o responsabilidad?
El cliente paga por entender su situación, evaluar alternativas y contar con un profesional que revise, recomiende y se haga cargo de esa recomendación. El tiempo es una forma de medir el trabajo, pero no define por sí solo su valor. La IA puede reducir el trabajo necesario para llegar a una respuesta. El criterio del abogado sigue siendo decisivo para verificarla y ponerla en contexto. La eficiencia debería permitir cobrar por ese aporte profesional, en lugar de justificar horas que dejaron de ser necesarias.
- ¿Podrán los estudios pequeños competir por clientes que antes parecían fuera de su alcance?
Esa oportunidad depende de cómo incorporen la tecnología al trabajo, además de tener acceso a ella. Un equipo pequeño que haga eso bien podría competir con uno más grande que tenga herramientas, pero siga trabajando igual. La tecnología también abre espacio para equipos más multidisciplinarios, donde abogados y profesionales tecnológicos trabajen juntos para resolver las necesidades del cliente. La apuesta es que el tamaño deje de ser una barrera tan determinante y que pesen más la especialización, el criterio y la capacidad de entregar un buen servicio.
- ¿Cómo se forman los abogados jóvenes si se automatizan las tareas con las que aprendían?
Ese es uno de los desafíos más importantes. Las firmas necesitan seguir formando abogados porque su capacidad futura depende de ellos. Al mismo tiempo, aparece una tensión concreta: para un socio puede ser más rápido resolver una tarea con IA que explicársela a un abogado joven, esperar y corregirla. La respuesta tiene que ser adaptar la formación. Usar la herramienta puede formar parte del aprendizaje, siempre que el joven entienda el problema, contraste las fuentes y pueda explicar por qué recomienda una solución. En Magnar estamos trabajando con universidades a través de Magnar Campus y desarrollando con algunos partners, algunas versiones de la plataforma pensadas para apoyar esa formación. El objetivo es que aprendan a trabajar con la tecnología, más que a manejar un producto específico. La supervisión y la experiencia siguen siendo esenciales. La herramienta puede ayudar a reducir el costo de formar; la decisión de dedicar tiempo a hacerlo sigue siendo de las universidades y las firmas.
- Si un abogado puede hacer el mismo trabajo en menos tiempo, ¿podrá trabajar menos o simplemente se le exigirá producir más?
La tecnología libera tiempo, pero cómo se usa depende de las decisiones del estudio. Si todo el ahorro se convierte en más encargos y mayores metas de producción, el abogado puede terminar igual de exigido, aunque haga cada tarea más rápido. También existe la oportunidad de dedicar ese tiempo a donde un profesional es realmente requerido: entender mejor un asunto, conversar con el cliente, formar a los abogados jóvenes o reducir jornadas que se alargaban por trabajo repetitivo. Desde Magnar queremos que el abogado pueda concentrarse en lo que aporta valor: su criterio, experiencia y capacidad de decidir. Para que eso ocurra, el estudio tiene que revisar también cómo distribuye el trabajo y cómo evalúa a sus equipos.
La conversación con Vinicius Teixeira deja una idea central: el tiempo que la IA le devuelve al abogado no tiene un destino automático. Puede traducirse en mejores honorarios para el cliente, en mayor margen para el estudio, en formación para los abogados jóvenes o simplemente en más exigencia de producción, y la diferencia la marcan las decisiones deliberadas de cada firma, no la herramienta en sí misma. El verdadero valor del abogado, sostiene Teixeira, sigue estando en el criterio, la experiencia y la responsabilidad profesional — justamente lo que ninguna eficiencia tecnológica puede automatizar.


